Bueno llevo varios días sin escribir pero entre la falta de tiempo y que tampoco he hecho gran cosa nueva e importante. El jueves fui al museo mercedes, una de las visitas más interesantes y provechosas que he tenido en este tiempo. Y hoy estuvimos en München (Munich) de excursión.
La cosa prometía la verdad. La Volkfest nos estaba dejando un gran sabor de boca, sobre todo después del miércoles pasado rematando con la fiesta de Pfaffenhof. Pero al final, cuando te creas muchas expectativas en relación a algo y se rodea de algunas circunstancias como el clima o cambios de planes todo se vuelve un poco más oscuro.
Pero la verdad es que fue provechoso el día y conocimos una gran capital con un ambientazo impresionante. Digo que fue provechoso porque a las 6.20 de la mañana ya estábamos montados en el S-bahn en dirección a Hauptbanhof. Nos esperaban 3 horas de tren hacia la capital de Baviera, ciudad que cada año en esta fecha acoge la mayor fiesta de la cerveza del mundo, que era lo que teníamos en mente algunos de nosotros, y como me ha dicho Fernando hace un rato, fuimos a Munich a comer (y bien que comimos).
A lo que iba. Lo jodido del asunto es que el tren no era directo. Teníamos que hacer escala en Ulm. Así que primero un tren de 1 hora hasta esta ciudad, y a las 8 horas hicimos la escala para afrontar las otras 2 horas de trayecto. Pero no contábamos con una cosa: último sábado de Oktoberfest, y partido importante del Bayern de Munich, total, el tren a totalmente desbordado y la mayoría de nuestro grupo tuvo que hacer las dos horas de viaje sentado en el suelo. Los que nos sentamos no tuvimos tampoco demasiada suerte ya que en el asiento de al lado había un agradable olor a vómito.
Total, llegamos a Munich y unos chinos que venían en nuestro grupo se perdieron. Primera parada larga para encontrarlos. Lo de los chinitos estos fue gracioso. No son estudiantes de intercambio como nosotros pero si participan de otra especie de intercambio y los apuntaron a la excursión. Son pequeños y muy graciosos, no se separaban de sus cámaras ni un instante, y la verdad es que parecían muñecos, daban ganas de jugar como si fueran playmobil.
Total que el plan era visitar primero la ciudad, comer (horario alemán), y luego, despues de ver un par de lugares más, cada uno podría hacer lo que quisiera, pero claro, para esa hora, no entraba en las carpas del oktoberfest ni dios.
Vimos el ayuntamiento y Marienplatz y fuimos a comer a
Hofbräuhaus no he visto un restaurante más grande en mi vida, con tantísima gente dentro, y menos mal que comimos con el horario alemán, porque a las 2 de la tarde había varios cientos de personas esperando en la puerta para entrar.

Bueno, a Fernando, a Cris, a Ute y a mí nos tocó comer con los chinitos que al final resultaron bastante simpáticos. Fernando y yo, como no, nos pillamos una cervezaza de un litro para acompañar ese plato que nada más verlo me recordó la cara de felicidad de Noni cuando comimos en el castillo. Era una especie de cerdo al horno con una salsa muy rica. Joder la hora que es, hablando de comida y me está entrando hambre.

Terminamos de comer y fuimos a ver la iglesia de
Frauenkirche. La verdad es que por fuera es bastante bonita aunque por dentro es más moderna. Aunque llama la atención la figura de Jesucristo crucificado, colgada en suspensión en el centro de la misma en lugar de apoyada en una pared.
También es curioso que a la entrada de la misma hay una huella, la huella del diablo. Todo esto tiene su
leyenda:
Apenas inaugurada la flamante catedral, comenzaron a circular por la ciudad rumores relacionados con una extraña silueta que se veía en uno de los mosaicos de la entrada. Desde entonces hasta ahora, los rumores jamás se detuvieron y sirvieron para construir la inconmovible leyenda.
Se dice que, en el momento de comenzar a diseñar el edificio, Jörg von Halspach hizo un pacto con el diablo: el señor de los infiernos le concedería al arquitecto sus favores a cambio de que la futura iglesia no tuviera ventanas. Cuando en 1488 las obras concluyeron, Von Halspach condujo a Mefistófeles hasta cierto punto de la entrada de la iglesia. Pero no a cualquier punto: se dice que lo hizo contemplar la nave central desde un muy preciso lugar de la entrada desde el cual es imposible detectar ninguna de las ventanas del templo, ya que la forma en que el hábil arquitecto había dispuesto las columnas interiores impide por completo verlas (las ventanas, obviamente, existen, y tienen nada menos que veinte metros de altura cada una). “¡El arquitecto cumplió su parte del pacto y diseñó una iglesia sin ventanas!”, cuentan que pensó el demonio en ese momento. Enfurecido, el diablo habría pegado un golpe en el suelo y dejado estampada para siempre allí su huella, que desde entonces se conoce como Teufelstritt (en alemán, “golpe del diablo”).

Otra vertiente de la leyenda agrega el detalle de que el demonio no sólo no pudo echar abajo la construcción, sino que ni siquiera logró avanzar más allá de ese preciso mosaico en que se encontraba, por la sencilla razón de que el templo ya había sido consagrado a Dios: según la religión católica, las construcciones religiosas consagradas son los únicos sitios del mundo a los que el diablo no tiene absolutamente ningún acceso.
La historia concluye con lo que habría sido la venganza del señor de la oscuridad: la muerte, poco tiempo después, del arquitecto alemán, en circunstancias de las que poco se sabe. Hay incluso quien dice que cayó muerto, como fulminado por un rayo, en el preciso instante en que se colocó el último ladrillo.
Lo único cierto es que, desde el mismo día de su muerte, Jörg von Halspach está enterrado allí, en el mismo templo que diseñó y que sirvió para edificar su propia leyenda.
Después de esto llegó nuestro momento de libertad para hacer lo que quisiéramos. Unos se fueron a seguir conociendo Munich y la mayoría decidimos conocer el Oktoberfest. Pero fue entonces cuando cayó una gran tromba de agua que nos acompañó todo el camino hasta el recinto ferial. De hecho, fue llegar allí y salir el sol. Pero el cansancio acumulado, el agotamiento por la lluvia, la gran cantidad de gente que había y que ya era imposible entrar en cualquier lado hicieron que nos volviéramos tras dar una vuelta, no sin antes comprarme mi sombrero de bávaro como recuerdo.
Volvimos a la Hauptbanhof, esperamos el tren, y esta vez más desahogados, volvimos a casa.